General Manuel Asúnsolo, Morelos, México

General Manuel Asúnsolo:

Manuel Asúnsolo, dueño de minas en Guerrero, partidario de Francisco Madero y el general responsable por la toma de Cuernavaca en 1911, nunca captó que la rebelión en contra de Portírio Díaz se convirtiría en una revolución que cambiaría la estructura socio-económica en su país. Su participación durante la primera fase de la lucha y su muerte trágica en la ciudad de México en noviembre de 1911 a manos de Pablo Escandón, Jr., hijo de quien fuera gobernador de Morelos durante la toma de Cuernavaca por Asúnsolo meses atrás nos ayuda a entender cuán difícil era para un “revolucionario” formar alianzas con gente que protegiera sus intereses.

Asúnsolo Morán, María

Inspiradora de obras de arte. Nació en Chilpancingo en 1906; murió el 25 de febrero de 1999 en Cuernavaca, Morelos; sus cenizas fueron inhumadas en la parroquia de la Santa Cruz del Pedregal, en la Ciudad de México. Hija del general zapatista Manuel D. Asúnsolo y María Morán.

Era prima de Dolores del Río, cuyo verdadero nombre era Dolores Asúnsolo López Negrete. Su belleza y talento conjuntó a notables pintores, hombres de letras y artistas. Desde joven instaló una galería de arte (cerca del Paseo de la Reforma) donde se mostraba y vendía obra pictórica de creadores mexicanos. El pincel retuvo su imagen en el retrato. Ella donó los cuadros al Museo Nacional de Arte, donde una sala lleva su nombre. Entre otros, la pintaron David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, Juan Soriano, Carlos Orozco Romero, Jesús Escobedo, Ignacio Asúnsolo, Jesús Guerrero Galván, María Izquierdo, Federico Cantú y Raúl Anguiano.

Ermilo Abreu Gómez escribió: “María Asúnsolo es como el último ángel que asciende al cielo o como el último que baja a la tierra. María Asúnsolo va por los caminos de la vida, libre de toda pesantez. La huella de su sombra ondula en la claridad del viento. Un día desaparecerá como desaparece la neblina en el caracol de la brisa; cuando esto suceda, habrá un lucero más en el cielo y un pétalo menos en todas las rosas”.
Numerosos autores han escrito sobre ella.

Manuel Asúnsolo, dueño de minas en Guerrero, partidario de Francisco Madero y el general responsable por la toma de Cuernavaca en 1911, nunca captó que la rebelión en contra de Portírio Díaz se convirtiría en una revolución que cambiaría la estructura socio-económica en su país. Su participación durante la primera fase de la lucha y su muerte trágica en la ciudad de México en noviembre de 1911 a manos de Pablo Escandón, Jr., hijo de quien fuera gobernador de Morelos durante la toma de Cuernavaca por Asúnsolo meses atrás nos ayuda a entender cuán difícil era para un “revolucionario” formar alianzas con gente que protegiera sus intereses.

Comienzan Héctor Aguilar Camín y Lorenzo Meyer su renombrado libro, A la sombra de la Revolución Mexicana, con la frase “No esperaban que llegara”. Esta frase refleja la opinión que los periodistas mexicanos y los políticos y magnates extranjeros tenían sobre la situación política de México durante los últimos meses de Porfirio Díaz en el poder ejecutivo. “Una revolución en México es imposible” citan en el periódico El Imparcial. “En todos los rincones de la república reina una paz envidiable”, se atribuye a Andrew Camegie. “Una revolución general está fuera de toda posibilidad” asevera Karl Bunz, el ministro alemán. En su maravilloso libro video Memorias de un mexicano, la cineasta Carmen Toscano explica y muestra las fiestas del Centenario con sus “desfiles militares, entrega de banderas a batallones, combates de flores, desfile de carros alegóricos…”. Estas fuentes describen a una élite completamente desconectada de la realidad de México y nos hace preguntar cómo era posible que cualquier persona sensata no pudiera darse cuenta de esta rebelión inminente. Pero fueron muchos los mexicanos de todas las clases sociales que jamás hubieran sospechado que su país estuviera a punto de estallar en una revolución. Este artículo intenta analizar la breve pero significativa participación de Manuel D. Asúnsolo en la revolución, uno de estos mexicanos que no percibieron la llegada de ese movimiento. Se puede decir sin ninguna vacilación que este dueño de minas en Guerrero, más tarde partidario de armas de los hermanos Ambrosio y Francisco Figueroa y posteriormente el general responsable de la toma de Cuernavaca en 1911, nunca captó que la rebelión en contra de Porfirio Díaz se convertiría en una revolución que cambiaría la estructura socio-económica en su país. Además, su muerte trágica en la ciudad de México en noviembre de 1911 fue muestra de la poca probabilidad de que un soldado tomara todas las decisiones correctas para estar del lado ganador en una revolución tan multifacética como la de México.
Manuel D. Asúnsolo fue uno de los once hijos del matrimonio formado por J. Manuel Asúnsolo y Beatriz Jaques. Nació en la ciudad de Chihuahua, el 15 de abril de 1881. Su familia era terrateniente y su tío Antonio estaba considerado como uno de los dueños de haciendas más importantes en el norte del país. Tras la muerte de su padre heredó 60,000 pesos, enorme cantidad para aquella época, pero que, según su futuro socio Noble B. Judah, Jr., este dinero ya había desaparecido cuando ellos se conocieron pues “Manuel era un junior … y lo gastó hace mucho”. Quizás por esto, la familia Asúnsolo consideraba a Manuel como una especie de ‘oveja negra’ y seguramente podría también ser ésta la causa por la que decidieron enviarlo a estudiar a la Academia Militar de Michigan, en Estados Unidos, cuando tenía 19 años. De esta manera lo prepararían para una carrera militar que le serviría años más tarde para darse de alta en el ejército mexicano. Lo que no sabía la familia y ni siquiera sospechaba Manuel era que esta preparación le sería muy útil en un futuro no muy lejano, para entrar en el movimiento revolucionario y luchar contra Porfirio Díaz. En 1903 contrajo nupcias con Marie Morán, una canadiense de origen francés, y vivieron durante un año en San Luis Missouri, pero poco tiempo después se trasladaron a México y se establecieron en Chilpancingo, Guerrero, donde el padre de Manuel había tenido intereses mineros y el joven Asúnsolo decidió probar fortuna.
Entre 1904 y 1905, Manuel D. Asúnsolo y Noble Brandon Judah, Jr. formaron una sociedad con el fin de comprar y trabajar varias minas en Guerrero. Judah venía de una familia de judíos originarios de España quienes habían llegado primero a Canadá en 1750 y después a Estados Unidos en 1818. Desde hacía mucho tiempo se habían convertido al Protestantismo y, en el siglo diecinueve, varias personas de esta ya acomodada familia eran abogados y políticos en el estado norteamericano de Illinois. Noble Judah nació en Chicago en 1884 y tenía apenas 21 años cuando llegó a México por primera vez en 1905 para iniciar su negocio con Asúnsolo. Después de su última estancia en México en 1910 logró terminar una carrera de leyes, se afilió al partido de los republicanos, fue elegido como representante en la legislatura de Illinois para el periodo 1911-12, sirvió en el ejército norteamericano durante la primera guerra
mundial y fue embajador en Cuba desde 1927 a 1929. Murió en 1938.
Desde luego que el objetivo de la sociedad que formaron Asúnsolo y Judah en 1905 era trabajar duramente para hacerse ricos lo más rápidamente posible. Judah era el socio capitalista y a Asúnsolo le correspondía todo lo relativo al trabajo. Gracias a la correspondencia que Judah mantuvo con su familia durante el tiempo que permaneció en México y las cartas que Asúnsolo envió a Judah cuando éste se encontraba en los Estados Unidos, podemos conocer acerca de los problemas que tuvieron durante su incursión en el negocio de la minería, la situación en la que se encontraba la región donde estaban ubicadas las minas, las relaciones entre los trabajadores y los patrones de dichas minas, el inicio de la rebelión contra el gobierno porfirista en Guerrero entre los años 1909 y 1911 y el por qué de la participación en la lucha revolucionara de Manuel Asúnsolo.
Al iniciarse esta sociedad, Judah no estaba totalmente seguro de la sinceridad y honradez de Asúnsolo y temía que éste se aprovechara de su buena fe y no se cumpliera el acuerdo de caballeros al que habían llegado. Esta actitud se reflejó en una de las cartas que Judah le escribió a su padre, en la cual le confesaba que “estaba observando a Manuel con mucho cuidado para encontrar señales de que está jugando mal conmigo, pero es muy correcto hasta ahora”. Al poco tiempo se dio cuenta que Asúnsolo era indudablemente una persona confiable y que se necesitaban mutuamente para alcanzar sus fines, ya que Judah era un extranjero sin experiencia en los negocios en México, además de que no dominaba el idioma español. Por el otro lado, Asúnsolo conocía bien todo lo relativo al trato con burócratas, abogados y mineros, lo cual facilitaba enormemente la situación. Al escribirle a su padre sobre la mutua relación entre los socios, Judah comentó: “Manuel es muy listo; es de buena familia … es totalmente honesto” y notó además: “si un [minero] ve a un americano extraño como parte del negocio podría sospechar que hay dinero por atrás y eso aumentaría el precio; por esa razón estamos poniendo todo a nombre de Manuel por ahora”.
Durante la colonia la industria minera se convirtió en la primordial fuente de ingresos con la que contaban los reyes de España. Alexander von Humboldt calculó que las minas de Zacatecas, Real del Catorce, Pachuca y Real del Monte, entre otras, produjeron metales con un valor de 2,028,000,000 pesos entre 1522 y 1803. Desafortunadamente, con la independencia de México en 1821 y durante el gobierno republicano no se supo sacar provecho de esta fuente de riqueza. Muchas minas fueron dañadas o inundadas y gran cantidad de españoles con conocimientos científicos o con dinero fueron expulsados del país. Además a México le faltaba un mercado nacional y suficiente capital para trabajar las minas de nuevo. El bandolerismo, un sistema de transporte deficiente, las dificultades que siempre se presentaban en un país montañoso y mal comunicado, y sobre todo la inestabilidad política de México, contribuyeron a que la minería en el país fuera casi totalmente abandonada. Algunos extranjeros invirtieron en este sector a pesar de estas dificultades, tal vez influenciados por la lectura de las obras de Humboldt. Inversionistas de Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos compraron minas y formaron compañías, pero fueron muy pocas las que tuvieron éxito. Como explica Marvin D. Bernstein, “la condición de las minas estaba en tal forma que la tecnología de ese entonces no pudo hacerlas lucrativas”. En pocas palabras, ni mexicanos ni extranjeros lograron hacer de la minería un negocio próspero.
La situación político económica cambió a partir de la dictadura porfirista de 1876 a 1911, pues empezó a haber orden y estabilidad política …

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